viernes, 2 de septiembre de 2016

Los personajes de la palta


Otra de las cosas que hicieron copado el trabajo con las paltas fueron el montón de personajes que me rodearon todo este tiempo, porque, lo juro, se podría escribir una novela sobre cada uno.

Al empezar, cuando juntábamos paltas con bolsas y escaleras, éramos ocho: cinco ingleses, una francesa, un italiano, y yo. Los ingleses eran todos vagos y gritones pero macanudos, la francesa era linda y loca (lo alarmante es que ambos atributos saltaban simultáneamente a la vista, y no uno después del otro), el italiano era un cago de risa. El primero en desertar fue uno de los ingleses, que era un terrible vago (con decirte que sólo trepaba dos escalones y listo). A la segunda semana dijo que se le murió la abuela y se fue de vacaciones a Tonga.


Los otros cuatro ingleses que quedaron no eran los mejores trabajadores del mundo, pero al menos hacían chistes sin parar y le tiraban palos a la francesa como si fueran albañiles de profesión. Pero un día dos de los ingleses no vinieron porque estaban en pedo y el jefe los llamó, les dijo no vuelvan, y no volvieron. Los otros dos, mal que mal, aguantaron un tiempo más. La francesa y el italiano, que viajaban juntos, se fueron al terminar el picking porque no hacían falta y querían cambiar de aires.


A todo esto yo estaba viviendo desde hacía rato en el galpón del papá de mi supervisor, a dos minutos del trabajo, en Kairi (un pueblito tan minúsculo que ni pokeparadas tiene). Mi supervisor, que se llamaba Ben, estaba trabajando ahí porque hacía muchos meses había perdido la licencia por manejar borracho y no podía hacer lo suyo (construcción, cemento, esas cosas divertidas) hasta que no recuperara la licencia, y vivía amargado. Ben era enorme, forzudo y bruto, pero buenón.

Su papá, Jamie, por otro lado, era motoquero viejo. La ayuda que nos pedía a cambio de alojarnos gratis era poca, y justificada: todo el galpón era un caos porque al tipo le faltaban un brazo y una pierna, que perdió en un accidente de moto cuando tenía diecisiete. Si bien eso parece no haberle impedido casarse, viajar el mundo, tener tres hijos enormes, entrenar al equipo local de footy, manejar motos autos trenes y tractores, volverse una especie de leyenda viviente en todo Tablelands... sí le dificultaba el orden doméstico.


En otra parte del galpón se alojaban, también, Monki y Header, que trabajaban empaquetando las paltas que nosotros recolectábamos. Los dos eran medio hippies y rastudos y macanudos y trabajamos juntos un montón después del picking, cuando empezó la poda, o pruning. Header se pasaba el día en su cuartito con la compu, y Moki dibujaba como la puta madre y hacía beatbox acompañándose de pedos a los que modulaba con maestría.

Al mes de estar ahí se vino a vivir, al mismo cuarto donde estaba yo, Greg, un francés que hacía cherry-picking. Greg había estudiado video y animación y era un fanático de la fotografía (llegó a tener cinco cámaras simultáneamente, te juro), pero era medio calentón. Apenas me di cuenta de eso, la convivencia se hizo mucho más llevadera.


En la farm, después de que terminó el picking y Ben se fue (al poco tiempo recuperó su licencia y empezó a trabajar de nuevo haciendo montón de cosas con cemento), estuvimos a cargo de Stewie, que era cuarentón, tenía barba larguísima y puteaba cada tres palabras. Fue genial descubrir, un día, que él también había vivido en el mismo galpón por dos años y ahora que cuidaba de Jamie como si fuera un padre. También fue una sorpresa, una noche que lo llevé a su casa porque estaba borracho y no quería perder la licencia al igual que Ben, descubrir que su casita estaba toda limpia, nuevita, con un pez en una pecera redonda y una mesa con una ciudad de libros apilados. ¿Te gusta leer, Stewie? Vive leyendo, nos dijo Jamie, es la persona que más libros lee de los que conozco.


También en la farm estaban nuestros jefes: John y su esposa Anne Marie, la que nos cocinaba. John era rápido para enojarse pero tipo más bueno habráse visto. Y Anne Marie, manos benditas, me permitió no tocar una cocina durante cuatro meses.

Y así pasaron los días. Yo me sentaba, después del trabajo, a escribir o leer en la entradita de la casa de Jamie, me reía de la gatita salvaje que adoptó y que le desconfiaba a todo el mundo salvo a él (y que tuvo cría al lado de su cama una noche), y veía ir y venirse visitas estrafalarias que lo buscaban a Jamie: desde motoqueros barbudos, enormes, viejos, pendejos, hasta sus pibes de footy a los que entrenaba, familias enteras que, a lo largo de los años, supieron vivir en el mismo galpón que ahora habitábamos, madres de antiguos camaradas ya fallecidos que pasaban a tomar el té, hasta su novia del momento, o sus otros hijos.



Casi todos los fines de semana, si no estábamos haciendo algo en el galpón, yo me escapaba a lo de Ivan y Amanda y les cocinaba algo y nos reíamos de los personajes con los que vivía en el galpón de Kairi, y así arrancaba otra semana más. Hasta que terminé un jueves, y me puse a preparar un viajecito hasta el punto más nórdico al que puede llegar un auto en Australia.



Rafa Deviaje.

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